lunes, 11 de julio de 2022
sábado, 25 de junio de 2022
Un día de suerte Héctor D'Alessandro
Un día de suerte
Héctor D’Alessandro
Aquel
lugar se llamaba la cima del Pelado, y hacía ya mucho rato que dos aves de
rapiña sobrevolaban la zona, seguro que habían visto alguna presa por el sitio
y estaban haciendo sus cálculos mientras daban vueltas en circulo y buscaban el
momento para lanzarse en picado sobre la misma; Quique hacía años que conocía
al Beto, eran amigos desde la infancia, y si se lanzaba a la carrera por los recovecos
del tiempo podía acabar encontrándose con el Beto en cualquier calleja de barro
y charcos en la que invariablemente se veía conteniendo a duras penas, o recibiendo
de plano, los golpes de su amigo, siempre sucio y muy violento, mal encarado,
le gustaba hacerse pasar por un hombre duro, cuando en realidad era todo
cobardía escondida en el fondo de sus huesos. Al llegar a la cuesta,
arrastrando sus pasos, Beto se quedó mirando al frente, a aquella mujer flaca
con cara de loca y vestido desgarrado que apareció en el horizonte y que al
verlos se lanzó por la suave pendiente del camino, en la dirección en que se
encontraban, como si no tuviera que pensarlo ni un solo segundo, como si ellos
fueran la salvación de algo. A Quique le alcanzó con ver la cara de Beto, el
movimiento de su cadera, las palmas de sus manos restregándose contra la camisa
azul de estampados infantiles llena de manchas de grasa de coche, supo que iba
a violar a aquella mujer, supo una vez más que iba a tener que contener a su
agresivo amigo, iba a intentar que no los metiera quizás en un nuevo y mas duro
problema. Resopló agotado o molesto, en el comienzo de la intensidad.
Entonces
la miró y saltó de inmediato a sus ojos que tenía un sector del dedo anular
izquierdo totalmente blanco, descolorido por la falta de sol, atestiguando la
ausencia de un anillo bien grueso. Se dijo: esta tipa tiene mucha lana; no
necesitó oírla hablar para captar su procedencia, su buena vida pasada; solo su
vestido piojoso y mugriento lo retuvo en un estado de confusión, intentando
ubicarla a ella o sacar cuentas sobre qué le había pasado en los últimos días o
semanas o si se trataba en realidad de una ricachona fugada de un manicomio, alejada
del buen vivir de una mansión desde hacía años.
Decidió
mirar al Beto buscando una respuesta y lo empujó con el codo para avanzar y
presentarse a la damita. Beto mostró una cara de enfurruñamiento, molestia en
la mirada, desprecio en los labios. Entonces, Quique procuró hacerle un guiño
cómplice y una sonrisa y pasó su lengua sobre los labios para que se creyera
que iba a poder hacerle a la mujer lo que le viniera en gana. Eso detuvo las
sacudidas de la melena polvosa del Beto, de momento; de inmediato comenzó a
restregarse las manos como si tuviera un negocio seguro. Darle esta libertad de
acción es abrir las puertas al peligro; para hacerlo debe uno saber que luego
deberá dominarlo, saber cómo pararle los pies y volverlo a un carril ordenado.
Se
dio la vuelta y se dirigió a la mujer delgada procurando averiguar qué quería;
esta le dijo: dame tu teléfono y con su orden no pudo menos que dirigir su mano
al bolsillo, lo que hizo que ella se abalanzara y apenas lo asomó se lo arrancó
de las manos. Parecía loca o desesperada.
Beto
se agitó, sacudiendo su melena, y las vibraciones de su inquietud llegaban
hasta el lugar en que se encontraba Quique de pie. Este se giró en automático y
fue hacia la mujer en busca de su móvil, para calmar y satisfacer a Beto, para
recuperar su autoridad. Esta lo miró por primera vez a los ojos y alzó la palma
de la mano en señal de stop: no me moleste ahora que estoy hablando. Su mirada, profunda y vacía, el tono brillante
del fondo de su iris, la profundidad de su encarar, la costumbre de mandar y
ser obedecida, lo detuvieron; ella se acercó a su oído y tapando el teléfono
para que no la escucharan, le dijo: te conviene, aquí hay mucha lana.
En
ese momento sintió que se relajaban sus hombros, que una suavidad que bajaba
del cielo le acariciaba la espalda, y un fuerte impulso le recorrió desde los
riñones hasta los mismos testículos. Miró al horizonte y vio a las aves de rapiña
haciendo sus circunvoluciones con más acentuada lentitud, dirigió su mirada a
Beto, y le hizo un gesto para que se moderara, aunque lo encontró algo confuso,
y, no obstante, vagamente entregado a la luz del día que les había traído buena
suerte en el último tramo de la cima; dio, entonces, un paso hacia atrás
respecto de esa mujer, se quedó mudo y esperó. Intentó, con su dedo pulgar
levantado, transmitirle más tranquilidad aun al socio, su sonrisa se sumaba,
pero las comisuras no podían evitar un gesto de dolor muy antiguo.
Ella
se acercó, luego de terminar la llamada, y le dijo que se quedaba el teléfono,
que estaba pagado, que no se hiciera problema, y él confió en ella. Beto agitó
otra vez su mugrosa melena, como si no pudiera creer a qué grado iba aumentando
la confianza hacia aquella mujer desconocida, pero sus ojos guiñaron con un
asentimiento polvoso de su cabeza. Sus pasos inseguros transmitían el
desconcierto de su personalidad desequilibrada. Sus dedos largos, sucios y crispados
se cerraban y se abrían de continuo como tenazas ansiosas y prensiles en busca
del objeto de su violencia, sus resoplidos parecían la caricatura de un intento
vano de encontrar la calma. Y la mirada llena de arrugas por el envejecimiento
de la resolana continua transmitían un frío enojo atenuado apenas por las
enormes dudas que lo invadían.
Elvira
Álvarez, la joven hija del importante empresario de Veracruz, Armando Álvarez
Santamaría, propietario de la cadena alimentaria “La Catedral”; llevaba casi
cien días de secuestro. Su padre deambulaba por las noches en la mansión frente
al mar, un arma escondida debajo de un cojín en su silla de ruedas. La habían
plagiado en plena autopista bloqueándola dos coches grandes de los que luego se
supo que eran robados; y de nada sirvió el servicio de seguridad que su padre
le tenía contratado, cayeron en el mismo sitio como moscas bajo el efecto de
las balas. Antes que secuestradores eran asesinos, pero no se sabía si eso era
bueno o malo para las expectativas de vida que ella pudiera albergar. Puede que
mataran a los de la seguridad porque se trataba de auténticos profesionales del
asesinato o porque se trata de una patanes que escogieron esta vía como la más
sencilla. El padre de la chica solo deseaba que se tratara de profesionales.
…
La
mañana en que Elvira consiguió huir del tabuco, el sol no acababa de decidirse:
daba vueltas erráticas en torno a unos maizales que en la zona se desmayaban a
punto de chamuscarse tan solo con un par de días más de resolana. En la
madrugada estuvo oyendo los ratones del campo y algún zorro que andaba en busca
de su gallina, mientras ella raspaba los hilos de plástico con que la habían
asegurado la noche previa. El sol no había acabado de decidirse a arramblar con
su fuego el resto del verde y ella ya estaba al lado de la improvisada puerta,
tanteando el candado. En cierto momento, la señora culona que la cuidaba y que
hacía dos meses le había hecho una pregunta extraordinaria “¿Crees en Dios,
hija?” Así lo había hecho, soltando el sartén que manipulaba, como para
asegurarse que escuchaba bien la respuesta que esta muchacha tenía para darle
ante tema tan significativo. Elvira no sabía por dónde iban los tiros con
aquella interrogante; estaba bastante asqueada, católica de misa de domingo
como era, no tenía una gran formación teológica, pero sabía más o menos por
cual acera caminaban la decencia y aquel conjunto de hechos que empedraban un
camino de vida correcto, tan inútiles en este momento, tan lejanos o absurdos.
Pidió que le repitiera la pregunta, mientras dirigió sus ojos al ventanuco,
dejando que poco a poco el aire de la tarde se solidificara en el horizonte sin
ruidos. Se quedó con los ojos fijos entre las nubes y con su cabeza volvió a
escuchar la pregunta un par de veces. Apretó un puño solo por sentir su cuerpo,
el latido de su impulso vital, la saña que le aportaba su impotencia, su
frustración y su rabia. Miró a aquella mujer, su delantal perpetuo, su falda
color hormiga, sus grandes caderas desbordantes, su boca llena de algún tipo de
pan que pasaba a un lado y otro, sus ojos suavemente exaltados que la inquirían
sobre Dios, como si en ese momento, en aquel campo, nada más importara. El odio
visceral que sintió fue antes una cosa de clase social que un impulso
biológico. Humillada al máximo, se veía ahora cuestionada por una persona a la
cual había intentado entender. Se vio a sí misma tomando la comunión con el
obispo Gordillo y algo le recorrió la columna vertebral, un impulso asesino que
quería explotarle también en la boca, en mil improperios, completamente
inútiles, que bien guardado en el fondo de su sangre podía impulsarla en la
noche por los campos, otorgar fuerza y vida a sus pies.
El tono condescendiente de aquella señora,
dispuesta a escuchar, no obstante, solo una respuesta (que sí creía en Dios
padre celestial creador de todo lo viviente) le removía el interior de sus
tripas y la sacaba totalmente de quicio.
Las
intensas vibraciones de odio y repudio, de indignación altiva, le corroían el cuerpo
y al mismo tiempo centraban todos sus excesos e ímpetu; como si se llamara a sí
misma a guardar fuerzas para mejor ocasión.
El
sol no acababa de decidirse, cuando Elvira salió del cuarto en que permanecía
encerrada y con sigilosos pasos se dirigió a la cocina con piso de tierra donde
permanecía la mayor parte de las horas de cada día desde hacía un tiempo del
cual ya había perdido la cuenta. Aunque cada tanto, semanas o meses, recuperaba
el conteo al ver un periódico o escuchar una conversación o la radio o una
televisión que se encendía en alguna otra habitación o rancho cercano, y
repetía mentalmente: noviembre: me levantaron en marzo: ocho meses. Ya decía
“levantar” esa palabra vulgar con la que el pueblo se refería a este hecho
ignominioso del secuestro. Había abandonado en su camino muchas creencias. El
hablar adecuadamente era un bien muy preciado por ella, y no quería ceder por
ahí, porque si cedía en ese terreno, luego podía perderse a sí misma.
Necesitaba con urgencia y con constancia, cierta distancia respecto de sus
captores y cierta altura desde la cual observarlos, incluso para fugarse. Me
gusta lo diferente que eres en estos contextos tan inusuales, le había dicho su
amiga Anna, con la cual fue a hacer un posgrado en comercio internacional a los
USA. Ahora su antigua compañera de andanzas estaría en Washington preocupada
por su bien y su salud; estaría en su oficina del Banco Mundial donde operaba
como persuasora internacional de gobiernos miserables para que compren los
créditos que la entidad vende. ¿Cómo podía hacer eso? Estudiaron lo mismo y
tuvieron la misma oportunidad, pero Elvira no sintió ningún tipo de motivación
para trabajar en un organismo internacional; aunque fuera de la banca. Y ahora
estos miserables la tenían arrinconada, con veinte kilos menos, no hay mal que
por bien no venga, y deprimida casi todo el día, porque no sabía qué podía
llegar a suceder si solo se guiaba por el humor que estas ratas manifestaban.
Llevaba
buena parte de la noche oyendo una suerte de zumbido lejano que parecía
procedente de una tele encendida sin ninguna sintonía, o bien alguna máquina
mecánica que se hubiera quedado encendida sin material con el que trabajar: una
cafetera, un aspersor de agua en un jardín. Se sentía muy confusa, pero hoy
extraordinariamente esto no le importaba, se había agenciado, desde hacía unos
días, un cuchillo de sierra de cocina y lo tenía guardado en la miserable
habitación donde la obligaban a dormir y lo había escondido en un hueco de la
pared cerca del techo. Ayer por la tarde los dos hombres, que en muchas
ocasiones acompañaban a la anciana en su custodia permanente de la secuestrada,
se habían marchado temprano con una camioneta grande y por los saludos que se
destinaban unos a otros, daba la impresión de que tardarían al menos dos días
en volver. En principio, sacar esta conclusión la deprimió un poco, porque le
hizo suponer que estaba alejada de cualquier centro poblado, pero luego vino en
su auxilio emocional el recuerdo de que continuamente veía cables aéreos que
dependían de columnas distribuidas con cierta cercanía como para suponer una
carretera, una serie de postes de alumbrado y transmisión de energía eléctrica
y alguna población cercana. Por todos estos elementos es que aquella madrugada
se había levantado temprano, asomó la cabeza por un momento a través del marco
de una ventana y miró al cielo, donde dos aves de rapiña sobrevolaban el
horizonte: no podía determinar si venían hacia ella o se alejaban
definitivamente. Aunque ya oía a la señora trajinando en la cocina, se había
escapado de su habitación antes de que viniera a abrirle, solo por romper ese
hábito de salir del cuarto siempre a la misma hora. Había pensado que, si salía
a la hora de siempre y luego, mediante algún método desconocido por ella, la
señora se comunicaba cotidianamente con aquellos hombres que ahora no estaban
en la casa, ellos se extrañarían por la falta de comunicación; entonces decidió
que saldría antes de la mugrosa habitación, con todos los riesgos que esto
comportaba, y liquidaría a la vieja de un solo corte con aquella cuchilla.
Había pensado que, si no tenía fuerzas o ánimo para hundírsela hasta
desangrarla, seguro que la dejaba muerta de una infección, por la mugre, tanto
del puñal como del lugar donde convivían forzadamente. Por todo esto es que
ahora se encontraba caminando descalza para no hacer ruido; luego de matar a la
vieja Paulita, volvería sobre sus pasos para calzarse; con sigilo se acercó a
la cocina, vio a la mujer de espaldas, con aquellos grandes jamones que tenía
por brazos, colgando a ambos lados, asomados por los huecos de una vestido azul
celeste muy holgado que vestía para hacer las tareas de la casa y para cocinar;
pero al entrar a la cocina sucedió algo que no se esperaba: la mujer estaba
sentada al alcance de su victimaria y a una distancia prudente había sobre el
fogón de la estufa una gran sartén llena de aceite que a Elvira la agitó por
varios motivos: se evitaría, al menos al comienzo del degollamiento, la
profusión de sangre, y con aquella sustancia ardiente lograría inmovilizar, por
el intenso dolor, a aquella miserable y repugnante anciana.
Freírle
la cara en aceite a una mujer de sesenta años despide olores que en una ciudad
no se podrían disimular, en cambio en medio del campo, podría pasar por el
desagradable aroma de algunas pajas secas quemadas o bien por la corteza reseca
y poblada de hongos de un alcornoque. Solo podría vomitarse al oler aquella
peste en el caso de que previamente se supiera de qué se trata, de otro modo
sólo podría pensarse que es otro olor, desagradable por demás, procedente de
alguna cosa natural que se ha echado a perder. Esto pensaba.
Luego
de que le había preguntado aquella señora si creía en Dios; canalizaba con
estos pensamientos su violencia interna desatada, una agresividad a la cual,
sentía que si no le daba salida acabaría carcomiéndole las entrañas. Un cutis
correoso, grasiento y sucio por falta de limpiezas faciales, al entrar en
contacto con el aceite comestible hirviente, produce un chisporroteo familiar
y, en paralelo, una desfiguración marcada por el horripilante gesto de horror
al contemplar el propio castigo desmesurado y un odio que no puede concentrarse
en su objeto por efecto del desconcierto y el intenso dolor.
Jamás
pensó que olería a pollo frito.
—Ahora
vendrá la policía y ustedes van recibir de mi padre una gran recompensa.
Todo
el tiempo les hablaba como si olieran mal, como si fueran unas bestias a las
cuales no conviene acercarse. No les gustó su mención de la policía: despertó
en ellos un miedo cerval, arcaico y muy conocido. De pronto se miraron entre
ellos con la boca abierta y los ojos desenfocados: como si acabaran de darse
cuenta de que los habían estafado.
Estuvieron
así un buen rato mirándose a la cara y observando el cielo sin entender por qué;
hasta que un helicóptero sustituyendo a las aves de rapiña se abrió paso de
modo oblicuo entre los árboles, bajó en medio de la carretera hacia el puerto
de Veracruz como si fueran los dueños de todo y saltaron al suelo cuatro
comandos vestidos de negro con armas largas y corrieron de inmediato hacia el
sector del campo en donde se encontraban; Quique temió por sus huesos, se sintió
frágil y supo que le iban a producir dolor; sin embargo, la única patada la
recibió el Beto y también un culatazo en medio del pecho que por poco no le
parte el esternón. Lo enviaron con ese golpe como a tres metros de distancia.
Le dieron orden de no moverse; Quique se tiró al suelo sin que le dijeran nada.
Elvira, según supieron que se llamaba, gritaba diciendo que no se preocuparan,
que recibirían comunicación de su familia, mientras dos tipos de aquellos ya
estaban subiéndola al helicóptero en medio de la carretera.
Al
llegar la policía, los últimos comandos que quedaban por marcharse, se
acercaron a los oficiales, les entregaron una suerte de tarjeta grande, un
mensaje que venía del mero señor oscuro de la silla de ruedas, intercambiaron
cuatro frases que con el ruido del motor en marcha no pudieron escuchar, y
señalaron con énfasis hacia donde ellos se encontraban.
Beto
estaba enojado: me la hubiera cogido.
Los
mierdas de los polis los miraron como si fueran unos apestados; se pusieron a
hablar por el intercomunicador y así fue que pudieron enterarse de más detalles
de todo lo que acababa de pasar: Elvira era una secuestrada de la banda de Los
Pericos, con quienes nadie iba a meterse.
Cuando
escucharon aquel nombre, la sangre se les enfrió en el cuerpo y les bajó a los
pies: los agarraron y los iban a exponer aquel día ante los medios.
Los
llevaron hasta Papantla, lo cual no resultaba nada halagüeño. ¿Por qué los
alejaban tanto del lugar donde los había levantado? ¿Qué les iban a hacer?
Al
final, el sorprendente resultado, consistió en que les dieron jabón, toalla y
un desodorante usado para que se asearan y les trajeron ropa nueva de una
iglesia evangélica: los iban a sacar en el informativo de las ocho como los
auténticos ciudadanos responsables que no son, que habían apoyado a la damita
para que llegara donde sus seres queridos; Quique tenía miedo de que su
abuelita se muriera del infarto que anda prometiendo hace años.
Esto,
que en principio consistía en una muy buena noticia, los ponía en la picota con
los mismos Pericos, estos cabrones los iban a andar buscando como unos locos
frenéticos para arrancarles la cabeza. A menos que fueran inteligentes y
consiguieran pensar el pensamiento que a ellos les convenía: que realmente fue la
policía quien rescató a la mujer y que, como son unos cobardes, declararon que
fueron ellos quienes encontraron a la mujer y la entregaron a las autoridades.
Beto,
agarrándose el pecho y con el gesto de dolor en la comisura de sus labios y en
las arrugas de sus párpados, dice: eres un imbécil y Quique no quiere darle la
razón; ahora van a tener que volver a casa por sus propios medios, de Papantla
hasta Rinconada son no se sabe cuántos quilómetros. Solo esperan que los
Pericos no se hayan creído a la ligera esta historia porque son bastante malos
y pueden hacerles una visita.
“Nunca
más confío en los ricos esos, ni quinientos pesos nos mandó la muy puta.”
Beto:
“De este verano no pasa, yo no lo vuelvo a pasar mal, me uno al sicariato con
Los Pericos.”
Quique:
“Yo trataré de convencer a mi abuelita que me preste para un celular nuevo.”
Héctor D'Alessandro es escritor y coach. Si quieres tomar sus cursos de escritura creativa, puedes informarte por whatsApp al 2281 78 07 00
domingo, 12 de junio de 2022
MOMENTOS ESTELARES DE MI PADRE Héctor D'Alessandro
MOMENTOS ESTELARES DE MI PADRE
Héctor D'Alessandro Sala
Me la pasaba todo el rato
dándole a la pelota profesional que me habían regalado, una Adidas de las
usadas en el mundial de 1974, el mundial de Cruyff y el kaiser Beckenbahuer, le
daba sin descanso contra la pared frontal de mi casa, como si este fuera un
gran arco y yo debiera atosigarlo por todos los puntos a mi alcance. Cuando ya
estaban los vecinos quejosos del retumbar continuo del balón contra aquella
pared, mis padres me invitaban a irme al Parque de los Aliados, a muy pocas
cuadras de mi casa. Y, con mi pelota maravillosa y mis zapatos deportivos con
tapones destornillables, un invento de aquel mismo mundial de fútbol, me iba a
jugar y a correr durante horas en aquel parque verde, rodeado de enormes eucaliptus
que aturdían el cerebro con su aroma penetrante y constante, muy cerca del velódromo.
Un día me fue a buscar mi padre, y al volver me dijo que tenía que hablar
conmigo, mi reacción de adolescente, era 1978 y yo tenía quince años, fue defensiva,
pero, llegando a casa, me dijo que notaba que hacia mucho tiempo que yo me
comportaba de una manera más variable, para no decir voluble por completo o
caprichosa, y que veía mi gran curiosidad intelectual que me llevaba a leer libros
que él jamás había imaginado que pudiera leerlos y comprenderlos. Él siempre decía,
sacándose su elegante sombrero de fieltro que le cubría la calva, que a duras
penas podía entender las cada día más difíciles notas escritas para el diario “El
Día” por Germán Arciniégas, un escritor colombiano cuyos artículos compraba
para su reproducción la prensa conservadora. Y veía que yo a los quince años,
en plena dictadura militar y a pesar de la misma leía “Así habló Zaratustra”,
(me sentía tan orgullosamente solo como él), “Madame Bovary” y pensaba que si
esa mujer chiflada me hubiera conocido a mí en lugar de al tontainas de Charles
Bovary, otro hubiera sido su destino, leía los cuentos de San Petersburgo de
Gogol, y me exaltaba hasta el paroxismo una y otra vez con el hallazgo de
aquella nariz dentro de un pan, leía y me indignaba con la sociedad parisiense,
los avatares diversos del destino de Eugenio de Rastignac, admiraba no muy entusiásticamente
la filosofía tanguera de Vautrin, me invadía la desolación con el triste
destino de Eugenia Grandet, e imaginaba la eliminación del exceso estacional de
idiotas en mi sociedad a través de métodos tomados de Emma Zunz, de Borges.
Aquella tarde, mi padre quedándose
en camisa y mostrando su torso escultural a pesar de lo viejito que estaba, me había
tenido con cincuenta y cinco años me dijo, quiero que lo que te voy a decir lo
escuches hasta el final antes de decirme nada, y a mi de inmediato me dieron
los clásicos síntomas de la diarrea. Pero lo que escuché fue más
tranquilizador, explicó que según los manuales, y tu sabes que nosotros no te
criamos según manuales, yo estaba en una edad difícil de grandes cambios en la
cual iba a adoptar costumbres y actitudes bien diferentes a las que
anteriormente hubiera tenido, eso es una posibilidad, pero básicamente, tosió,
se aclaró la garganta y se rascó una de su grandes orejas, lo que me interesa
decir es lo siguiente: que ahora igual vas a descubrir que tu madre y yo, no
somos unos héroes ni unas grandes personas, que quizás te lleguemos a parecer
unos seres minúsculos e insignificantes, unos vulgares tirapedos que viven
porque el aire es gratis, como ya sabes que pienso de la mayor parte de la
humanidad, y era así, él pensaba eso, y, continuó, muy probablemente eso sea
verdad, no somos sabios sino vulgares, no somos ricos sino más bien modestos,
no somos famosos sino anónimos, no somos geniales pero estamos orgullosos de
tener un hijo brillantísimo, y puede incluso que en el futuro te avergüences de
nosotros y lo brutos que nos llegarás a considerar con el incremento de tu sabiduría
personal, puede que nos niegues, que te sientas estafado, que es lo que le pasa
a la mayor parte de la humanidad cuando se da cuenta que viene de padres
normales, seres humanos monótonos y previsibles. Quiero que sepas que,
aunque andes enojado si te da ese sirocco, yo estoy aquí soy tu padre y te
comprenderé y te quiero igual y esperaré a que se te pase y también estoy preparado
para que te agarre mucho viento en la camiseta y te subas a un tren ajeno y no
quieras bajar más y ni me saludes, para todo yo estoy preparado, ya sabes que
tu madre, ella si pasa a odiarte o a amarte, será para siempre, porque es una
maldita desequilibrada. Quiero que sepas que todo eso también me pasó un día a
mi y al final me reconcilié con mi padre, sobre todo. Y que forma parte de la
vida.
Cuando terminó, me dijo que no necesitaba contestarle,
que estas eran una de esas cosas que no se contestan, que el tiempo te va dando
respuesta.
La verdad es que desde hacia
tiempo ya que yo había decidido que ciertas cosas no las hablaría con mi padre,
porque él no entendía un carajo de nada, no se lo había dicho, pero
siempre confiaba en él aunque nunca hubiera apostado por un atisbo de sabiduría
más que en momentos de sarcasmo, que era su especialidad.
Por lo cual, dejé la pelota en
el suelo, la cual había dejado de mover entre mis manos para escucharlo desde
hacía mucho rato, porque estaba muy impactado, y a continuación hice lo que yo
siempre sé hacer y que la vida me lo ha agradecido: acercarme y abrazarlo para
dejarme invadir hasta el tuétano por la energía gigante de amor que lo había
convertido como a cualquier otro vecino en un ser sabio aunque más no fuera por
un rato, y me quedé abrazado a él a su camisa blanca almidonada que yo amaba
oler, a su olor a perfume y a la gratitud que sentía por haber estado macerando
en su alma un momento de encuentro como aquel. Si algo tenía mi padre, e igual
mi madre, es que se reían de todas las normas sociales, él estaba en un cargo
en un ministerio de nuestro país a dos pasos del propio ministro que durante
cuarenta y pico de años le había permitido ver la comedia humana y reírse de
ella. Me sequé las lágrimas y decidí irme a la cocina a prepararme un buen “sanguche”
de salame con queso, le dije si quería uno y me dijo que no, pero gracias, y
antes de que yo atravesara la puerta de la cocina, me dijo: “¿Sabés una cosa?
Eres tan tozudo que sé que te vas a romper los cuernos una infinidad de veces
en la vida, pero eres el único de mis hijos al que jamás le prevendría contra ello. Y eso,
porque sé que vas a vivir unas experiencias que yo jamás me atrevería a emprender,
pero que, de antemano, te envidio sanamente, porque vas a aprender cosas que yo
ni siquiera puedo imaginar”.
Entonces, definitivamente, me di la vuelta para entrar en la cocina e ir a la heladera en busca del salame y el queso mientras me restregaba la cara con el dorso de las manos y sentía que el corazón no me cabía en el pecho.
martes, 28 de diciembre de 2021
Contraes matrimonio y te sale una panza Héctor D'Alessandro
¿Quién no conoce o ha vivido esta situación? Te vas a vivir con el amor te tu vida, juras amor hasta que la muerte o el código civil los separe y en cosa de pocos meses te brota una barriga que no estaba en el contrato y que te amarga la vida; ella, por su parte, además de la protuberancia abdominal gana quilos a los lados y puede que su bella y atrayente imagen femenina quede convertida en una mole informe que desalienta a cualquiera.
Económicamente todo iba bien
en tu vida, te casas, atraviesas el umbral del nuevo hogar, piensas al fin
solos, y de pronto comienzas a arruinarte a nivel financiero.
Tu salud era inmejorable, firmas
el contrato de boda y empiezas a enfermar de continuo, pasan los años y tu
patología se cronifica.
Siempre sospechaste que esto podía
pasar
Pero no te atrevías a
pensarlo. Acostumbrado como estabas a pensar en términos de la proyección, solo
podías imaginar una situación tal si la culpa la tiene el otro; pero, en esto
como en tantas otras cosas, cuando dos se juntan, se juntan sus guiones
natales, se juntas, como se dice en tierras ibéricas: “el hambre y las ganas de
comer”.
La grasa abdominal, a largo
plazo, como tantos y tantos estudios metabólicos indican, es el preámbulo de
enfermedades degenerativas como el cáncer. Y es justamente esta panza el
indicador de la presencia de toxicidad producida, no por “personas tóxicas”,
sino por una “relación tóxica” en la cual cada uno de los integrantes de la
pareja, más todas las memorias de antepasados que cada uno trae, activan en el
otro este autentico sacrificio ritual en el altar del tálamo nupcial y lo
llevan incluso a la muerte. Una muerte a nombre de otros.
Freud también sospechaba que
cuando hay dos en una habitación, en realidad hay más personas
En una de sus cartas lo comenta,
dice: “empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan
cuatro personas”.
Se quedó corto: participan, y
no solo en la actividad sexual, varias docenas de personas. Y cada uno de estos
antepasados o memorias se van activando sucesiva y simultáneamente a medida que
avanza la relación.
En la película traducida al castellano
como “El profesor”, cuyo titulo original en ingles es “Richard says goodbye”, y
protagonizada por Johnny Deep, un personaje declara: “El amor no tiene un fin,
es un proceso por el cual una persona intenta conocer a otra.”
El problema del mutuo
conocimiento se da porque estamos entrenados para conocer en términos conscientes
y desde interpretaciones de tipo social. La psicoterapia transgeneracional,
desde hace décadas, le ha aportado al mundo unas posibilidades de sanación absolutamente
vanguardistas. Y los cambios que se están produciendo en el planeta están
relajando las relaciones sociales y los vínculos íntimos, los están volviendo “líquidos”,
como señala Zygmunt Baumann. Cada vez más personas disponen de más tiempo para
su vida interior, para cultivar la relación de pareja y llegar en este vínculo
fundamental a niveles bien profundos. Que tú estés leyendo este texto no es
casualidad, es una “coincidencia necesaria”: las que de verdad nos llevan al
camino de nuestro destino. Tu ya estás en este camino; y nuestro curso te puede
apoyar firmemente para que tomes un compromiso de amor verdadero.
Taller de pareja el miércoles 12
de enero de 2022 de 5 a 9 PM
Psicosomática de Salomon
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Los ordenes del amor de
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martes, 23 de noviembre de 2021
Hipnosis: deja de postergar: la famosa procrastrinación Héctor D’Alessandro
Hipnosis: deja de postergar: la famosa procrastrinación
Héctor D’Alessandro
1. Lázaro resucita a las seis de la
tarde
Me costaba muchísimo levantarme cada día de la cama. Much@s
amig@s psicólogos aventuraban diagnósticos. El caso es que yo resucitaba
milagrosamente alrededor de las seis de la tarde: hora en que desplegaba el
máximo de mi energía. Y esto en cierto modo era una metáfora de mi vida, dado
que desde hacia algunos años había postergado mis citas importantes, la
realización de mis actividades más sentidas, dar los pasos para conseguir aquello que realmente me interesaba. Cuando sentía que no me iba a levantar y no
iba a concurrir a aquella oficina tan importante donde personas con la agenda
muy ocupada se habían hecho un lugar para escucharme, un calambre en el
estómago comenzaba a diseminarse por toda la zona abdominal y finalmente me
atenazaba la garganta, impidiéndome hablar y provocando un temblor en las mandíbulas
que era el preámbulo al llanto. Seis muertes en mi círculo más inmediato, en el
plazo de ocho años, habían contribuido a que mi vida estuviera parada y a que
yo la moviera a pura fuerza de voluntad: la fuerza más débil del planeta.
2. Mi vida iba a cambiar para siempre
Pensé que, cambiando de país, amistades, relaciones y contexto
general, todo cambiaría. Y no estuve tan lejos de la verdad. Me fui de Montevideo
(Uruguay) a vivir a Barcelona (Catalunya). El poder de reinventarse empezaba a
hacer mella en mi vida y en mi modo de ver mi propia experiencia: la capacidad
de tomar distancia y el conocimiento de nuevas herramientas y técnicas para
hablar esa conversación constante que todos tenemos, con nosotros mismos, de un
modo enteramente potenciador, hizo que, al igual que el Barón de Münchhausen,
me sacara a mi mismo del pantano, jalándome de mi propia metafórica coleta.
Comencé haciendo meditación trascendental y esta me llevó, de modos indirectos
a la bioenergética, el tai chí y a la anti-gimnasia de Therese Bertherat, y aterricé
toda esta actividad en una teoría del análisis transaccional. Por las noches,
leíamos en voz alta con una amiga psicóloga a John Bradshaw y sobre todo a Ken
Wilber.
Aún así, muchas noches, a pesar de tanta actividad personal
en el propio desarrollo, me agarraba aquel nudo sin desatar que llevaba en la
boca del estómago, me destrozaba el día imaginario que yo llevaba en mi mente y
comenzaba la depresión larvada y continua, ese goteo constante de la pena acumulada
que no conseguía depurar y que, como un asaltante de los caminos, siempre me
aguardaba bien escondido, dentro de mi propio cuerpo, a la espera de que bajara
las defensas.
Entonces fui a una sesión de hipnosis. Mi vida iba a cambiar
para siempre.
3. Todos esperaban por mí y yo no los
veía porque estaba hipnotizado
Me metí en un camino que no tuvo vuelta atrás.
Los mismo para mi que para las otras 23 personas que había en la sala. Nuestro
profesor al final de la clase nos dijo que iba a poner una grabación con una “inducción
hipnótica” que tenía la facultad de despertar todas las energías inconscientes aun
dormidas dentro de nosotros y que esto haría que de inmediato todos nuestros proyectos diferidos, todo aquello sobre lo cual era necesaria poner atención desde hacía
tiempo y estábamos postergándolo, iba a ponerse en marcha. La verdad es que yo
le debía al profesor un manual para su academia desde hacia al menos ocho meses,
y cada semana cuando lo veía ponía excusas y me inventaba imposibles argumentos
que explicaran por qué no había llevado el manual. Eran unas cuarenta paginas sobre "Coaching para escribir", cuyo contenido conocía bastante bien, pero que no lograba poner
en un documento definitivo.
4. Estar dormido en vida
Cuando dijo el profesor que iba a poner aquella grabación,
cundió la inquietud y las risitas nerviosas. Un disimulado escepticismo,
disfrazado de plena confianza en algunos casos, eran muy asombrosos de ver en
acción. Cómo, personas que estaban en aquel curso de hipnosis, decían que
plenamente convencidas de lo que hacían, a la hora de la verdad, sonreían con
unos nervios que daba la impresión de que les estaba dando diarrea. Y sobre
todo hablaban y hablaban sin parar. Tanto que, en el caso de algunos
compañeros, otras personas decían en broma y en serio a la vez: “A ver, alguien
que lo desconecte, por favor.” Otros estaban literalmente en estado de
catalepsia, mudos y congelados, con los ojos enormes asustados y con miedo a lo
que pudiera pasar, la boca apretada y fruncida, los brazos tensos, las manos
fuertemente apoyadas en el asiento, agarrándose de los bordes de la silla como
si fueran a caer de varios centenares de metros de altura. Uno que se dedicaba
a las ventas en un bazar, ensayaba el nuevo personaje social que se había
inventado y que consistía en un experto en bolsa que sabía calcular a la
perfección el momento en que había que comprar y el momento en que había que
vender ciertas acciones y no paraba de decírnoslo a todos con el objetivo supuesto
de comercializar su conocimiento, aunque de momento parecía mas bien que tenía más
interés en vendernos su nueva personalidad antes que su servicio financiero.
5. A todos nosotros nos quedaban pocos
minutos de vida
Todos esos personajes que nos gustaba interpretar en la vida,
para demostrar cuánto valíamos y qué capacidades tan extraordinarias poseíamos
y que interesantes personas éramos, estaban ante un paredón de liquidación en
el cual les quedaban unos minutos de vida. El trance hipnótico iba a disolver
de inmediato todas esas tensiones neuromusculares que nos mantenían fijos en
esos personajes inútiles para nuestra nueva vida.
La grabación con el audio que iba a “despertar nuestras
energías inconscientes aún dormidas”, comenzó y yo recuerdo claramente que una parte
de mi mente no paraba de hablar, emitiendo un discurso inconsistente por el cual
afirmaba una y otra vez que aquello no me iba a afectar, que yo era capaz de
mantenerme consciente por mucha inducción que me hicieran, que no iba a
permitir de ninguna manera que me metieran, sin que yo me diera cuenta, un
mensaje subliminal en mi mente. Y fue entonces que, a cierta altura, no sé
cómo, empezó a atenazarme la nuca un dolor absolutamente insoportable, una
tensión antigua volvía a la superficie (un fenómeno habitual en los procesos hipnóticos)
y lo mejor era que, aunque ahora doliera, volvía para disolverse. Fui viendo cómo
mi compañero, el experto en bolsa, se iba hundiendo en su silla, miraba a un lado
y otro con una sonrisa de confusión y desconcierto, mientras sus ojos se volvían
enteramente rojos, inyectados en sangre y los movimientos de cabeza se iban
haciendo cada vez más lentos, a la vez que intentaba, inútilmente, mantener la
mirada posada en nosotros y observar nuestros procesos y conductas, esforzándose
en vano por continuar en el control mental consciente de la situación.
A los diez minutos aproximadamente, estábamos todos en
trance. Algunos, con los ojos abiertos mirando al entorno y con la cabeza sin
pensamientos de ningún tipo. Otros, luchando aun con síntomas que iban
apareciendo, como era mi caso, y con la sensación general de confusión.
6. No van a creer lo que sucedió
Me acompañó a la parada del metro de “Glories” un compañero a
quien la hipnosis le había afectado la lengua, porque no paraba de hablar, y
pretendía acompañarme hasta la Plaza Catalunya, donde yo cambiaba de línea y me
iba en dirección al Paralelo; a cierta altura del viaje, me preguntó si me
estaba molestando, y, curioso en mí, tan educado, le dije que sí, que no quería
oír a nadie. Se calló la boca hasta llegar a su destino y se marchó saludándome
con gestos, en silencio. El resto del viaje en la línea verde, desde la plaza
Catalunya en dirección Palau Reial, transcurrió como si fuera metido en una nube
que rodeaba a mi cabeza y a mi mente y acariciaba tibiamente los entresijos de
mis neuronas. Cuando bajé del tren y me dirigí a la salida, y una vez en la
calle, volvía a oír los sonidos circunstantes como una banda sonora de tonos
graves, siseantes y lejanos
Cuando entré al hall de mi edificio, podía escuchar los
sonidos que yo mismo iba emitiendo, las puertas que abría, las que cerraba,
como si fuera un sonido grabado que me llegaba lejano, como si en un mundo
paralelo hubiera otro yo haciendo todo lo que yo hacía.
Recuerdo haberme sentado ante la computadora y luego recuerdo
que de pronto miré la hora y habían pasado dos horas cuarenta en las cuales, mi
mirada estaba fija en la pantalla del ordenador y nada más; que, en medio,
contesté un mensaje SMS, y luego seguí con los labios entreabiertos, con cara
de pasmo, mirando aquella pantalla oscura de tonos grises. Me levanté y me fui
a acostar.
A las ocho de la mañana ya había terminado de desayunar y le
había enviado un email a mi profesor de la academia, diciéndole que a las 3 de
la tarde tenía preparado el manual que desde hacía ocho meses no me decidía a
escribir.
Y así fue, me sentí tan contento y mi cerebro estaba aquella
mañana tan despejado, que a las tres fui personalmente a imprimir aquel manual
y a llevárselo de mi propia mano.
Ese manual abrió las puertas a muchas actividades y a nuevos
manuales de “Coaching para escribir con PNL” que saldrían en internet a la
venta y también fue el momento inaugural de muchas otras actividades que a partir
de allí se dispararon.
Por eso ahora los invito a mi curso de hipnosis del 4 y 5 de diciembre, aquí en
México, un hermoso país al que deseaba venir a vivir desde hacia 30 años y al
cual vine una vez contacté con las dimensiones inconscientes de mi mente con las
que propiamente te conecta la hipnosis.
Nos vemos. Hasta muy pronto.
Informes e inscripciones por whatsapp al 2281 78 07 00
sábado, 20 de noviembre de 2021
Constelaciones familiares con el tarot: el aprendizaje arquetípico para la evolución de toda tu vida Héctor D'Alessandro
Constelaciones familiares con el tarot: el aprendizaje arquetípico para la evolución de toda tu vida.
Héctor D'Alessandro
1. Yo
antes pensaba que el tarot y otros sistemas que se usan para “adivinar el
futuro”, eran cosas de gente “naca”, “terraja”, “ordinaria”, “vulgar”, u “hortera”.
Como viví en diferentes países en que se usa el idioma español, pongo estos distintos
modos de decir lo mismo. Un día, conocí a una persona que no necesitaba
adivinar ningún futuro, porque se iba a morir en un plazo muy breve de tiempo y
lo tenía muy claro. Esa persona me enseñó, durante el curso de su ultimo año de
vida, a “leer” las cartas, diferentes tipos de cartas, como un “libro”, como un
libro holográfico, que continuamente estaba cambiando de forma de orden y de
significado. Y me enseñó también, a mí, que era un ignorante, a dejar que las imágenes
aquellas tan misteriosas, activaran en mi interior muchos tipos de mensajes,
señales, asociaciones, imágenes internas. Realmente, una autentica máquina de
imaginar. Pero todo esto, por sí solo, no me sacaba de donde estaba. Mi mundo
era un mundo de cubrir al último momento mis necesidades básicas. Un mundo en
el que siempre tenía prisa y sudaba por no llegar, y sabía que podía aspirar a
cosas mejores, pero ninguna herramienta, de las que conocía, me podía activar
como para llegar hasta allí. Yo quería ser una persona plena, admirada por los
otros, querido, satisfecho con mi vida, pero sentía en el fondo que era
realmente un cobarde que no me atrevía a hacer lo que deseaba y no me atrevía a
creer en todas mis posibilidades. Tenía miedo a mi propio poder; poder, además
en el que en el fondo ni siquiera creía. Sabía que había gente que declaraba
estar evolucionando con una emoción de satisfacción y felicidad que no se parecía
en absoluto a la mera jactancia, y quería llegar allí, pero no sabía cómo.
Además, por el tipo de sociedad en que crecí, pensaba que ya tenía que saberlo
todo, que era una vergüenza no saberlo, y eso me impedía acceder a mi propia
vulnerabilidad y preguntar y sobre todo demandar ayuda a los otros. Sabía entonces,
que era posible evolucionar, pero no sabía cómo pedirlo para mí; la persona más
interesada en conseguirlo.
2. Sentía
además que venía huyendo de un campo de batalla: en un plazo de ocho años,
murieron mi papa, mi mamá, mi único hermano y se suicidó mi mejor amigo, quien,
por otra parte, para matarse escogió un arma de fuego y pretendía hacerlo por
teléfono mientras mantenía una conversación conmigo desde el continente
americano a Barcelona, España, que era el lugar más lejano donde encontré que
podía ir a esconderme del mal karma que me perseguía. Algo en mi interior me
avisó: este cabrón se va a matar mientras habla contigo y así se lo dije: y mi
mejor amigo, que por algo lo era, me comentó: a ti no se te puede esconder nada.
Entonces, a continuación, habló conmigo durante seis horas, le dejó una cuenta
tremenda a sus padres, a quienes supuestamente destinaba su venganza: el
suicidio y luego de cortar la comunicación internacional conmigo fue al baño de
un restaurante, se encerró por dentro con el pasador y llegó a pegarse tres
tiros, dos no mortales y solo el ultimo definitivo. Razón por la cual el dueño
del restaurante estuvo detenido un tiempo legal porque nadie podía creer que
alguien se matara a si mismo con tres tiros. Cuando al día siguiente me
llamaron para decirme lo que había pasado, sentí frío al confirmar la noticia
que ya sabía. Sentí un frío como el que se siente en las constelaciones familiares.
Un frío que jamás había sentido antes, con mis otros muertos. Y eso me informó
que algo diferente a todo lo habitual estaba sucediendo. Y además algo dentro
de mi entendió de una vez y para siempre que yo tenía prisa. Que la muerte me
andaba buscando y que la locura que vivía en mi cuidad de origen, Montevideo,
Uruguay, era portátil, y ahora me la había llevado conmigo a Catalunya. Me
urgía cortar esta racha de una vez y para siempre. En esos días, alguien me
informó que algunos psicólogos consideraban que una seguidilla de muertes, tan
significativa e importante, me estaba intentando transmitir algún tipo de
mensaje y que yo debía cambiar algo en mi interior, aunque no supiera con
exactitud de qué se trataba. Que esto es un aviso de cambio de carácter irreversible
y que debes hacerlo, que te va la vida en ello. Yo sudaba por las noches con
estos pensamientos, en pleno invierno a cuatro grados bajo cero en pleno barrio
de la Vila Gracia, en Barcelona.
3. Entonces
fue que apareció Anna y me dijo que iniciaba un curso de tarot evolutivo,
especificó muy claramente que no se trataba para nada de esa horterada de
adivinar el futuro, y que estaba invitado. Comenzaría entonces una aventura de
un año en el cual hicimos el curso diplomado que ahora inicio en la Ciudad de
México y que consistió básicamente en integrar en nuestra mente inconsciente la
imaginería de diferentes tipos de tarot: el de Marsella, el Ryder Waite y el de
Aleister Crowley. Nos deteníamos con cada arcano mayor, de los que hay 22 y que
fueron usados por el psicólogo Carl Gustav Jung durante décadas, a meditar para
integrar la percepción que se tiene desde el arcano. Cada arcano es una figura arquetípica
de carácter simbólico y activa en términos del propio Jung, energía psíquica para
otros usos que antes ni siquiera conoces o puede que no tengas ni idea de que
puedes acceder a esas maneras de percibir tu experiencia de la vida y del mundo
y la sociedad.
4. En
esa época cada día me costaba más arrastrar mi vida por las calles de Barcelona,
y, aunque nunca llegué a estar tan mal como he visto luego que se ha puesto la
vida para mucha gente allí con la llegada de la crisis de 2007, muchos días
sentía que no tenía ningún sentido para mi la vida, ni allí ni en ningún otro
lugar y, sin embargo, cada día conseguí levantarme de la cama, salir a buscar
clientela para lo que en aquella época hacía: dar clases de baile en gimnasios
y academias, dar quiromasajes, que aprendí a hacer porque un residente terminal
de una clínica me dijo cuando le di un masaje espontaneo para que pudiera relajarse
y dormir: ¿Dónde aprendiste? Y mi respuesta fue: en ningún sitio, y esa persona
me dijo con su voz agónica de fumador compulsivo: pues deberías aprender porque
vas a dar mucho amor y bienestar a muchas personas. Y sin dudarlo al día
siguiente estaba inscrito en una academia de nombre Axis, en el Passeig de San
Joan, donde cursé el quiromasaje y de inmediato empecé a ganar dinero a raudales,
llegaba a dar hasta ocho al día y me había salido del barrio de Gracia y me había
ido a vivir a Comte Borrell esquina Gran Vía, en un apartamento, que allá
llaman “piso”, donde el dinero empezó a entrar sin parar durante años y años. Y
en mi mente estaba de continuo presente como si fueran recuerdos reales
propios, algunas de las meditaciones que había realizado en aquel impresionante
curso: un pasaje al otro lado del río del olvido en la carta numero trece. Anna
nos enseñaba con mucho interés que el practicante avanzado nunca dirá el nombre
de esta carta, sino que se referirá a ella como “el arcano número trece” o “la carta
numero trece.” Que en esto se notaba la diferencia entre una persona con
conocimientos avanzados en esta área y un neófito. Y decía este tipo de cosas
con mucho énfasis y autoridad. También recuerdo la meditación en la Emperatriz,
el arcano numero tres, capaz de romper cualquier situación de bloqueo con esa
meditación. Y recuerdo on mucha intensidad la meditación en el Emperador,
arcano numero cuatro, para la asunción de todo tu poder personal.
5. Un
día me di cuenta claramente que estaba totalmente concentrado todo el día en
una serie de objetos mentales de carácter visual y que con ellos trabajaba las
diferentes situaciones de mi vida en un nivel altamente hipnótico, aún no había
aprendido hipnosis, aunque esta se encontraba en mi lista de cien cosas que
quiero conseguir, igual que el “rebirthing” y que las conseguí todas en tiempo récord.
Pero lo más importante que aprendí no era que podía conseguir cosas materiales
y propósitos intangibles, aunque fuertemente sentidos. Lo más importante fue
que podía
a.
mantener en mi mente durante mucho tiempo, de
hecho: décadas, imágenes claras y continuas y nítidas, de mis objetivos
b.
y que esa era la marca de alguien que quiere realmente
conseguir algo y la marca del éxito.
6. Han pasado muchos años y siento que mi vida tuvo y tiene sentido. Vivo en México, y las enseñanzas y los años de experiencia me han traído de nuevo a mi vida los arcanos del tarot junto a la teoría de Carl Gustav Jung y te puedo asegurar que aquello que yo hice a pura fuerza de voluntad y a veces con herramientas melladas o no muy afinadas, fue un milagro que yo hice para mi mismo, como si me debiera a mi mismo el gran regalo de mi vida. Y ahora quiero compartirlo contigo. Quiero que te vuelvas tan poderosa o poderoso como puedes llegar a serlo e incluso más. Te invito a este curso diplomado de Tarot con las constelaciones familiares y de carácter evolutivo.
Informes e inscripciones al 2281 78 07 00
lunes, 27 de septiembre de 2021
Las emociones y los lugares con carga sistémica Héctor D'Alessandro Sala
Tuve durante años un socio en
Barcelona, que traía cada día a su hermano a que comiera con nosotros y a que
durmiera la siesta en nuestra oficina, y a fuer de parecer supersticioso, debo
confesar que fue una de las primeras veces en que vi en acción la energía sistémica
más negativa. Mi socio le daba dinero continuamente y a cierta altura comenzó a
tomar adelantos de nuestra empresa para darle adelantos a su hermano: el
durmiente del sofá. Lo debilitaba con su ayuda y nos debilitaba a ambos. El día
que ya cansado los eché a ambos todo comenzó a funcionar.
Esta gente, y este es el gran descubrimiento
de Bert Hellinger, carga con memorias sistémicas. Es decir: están
experimentando y viviendo en su propio destino las vidas y las emociones de
otros integrantes de su familia, algunos de los cuales puede que incluso estén
muertos.
Las emociones sistémicas, y el
hecho de captarlas, no se trata de ningún fenómeno sobrenatural, es simplemente
aquello de toda la vida: de que hay gente que te deja sin energía, te seca la
suerte, te chupa energía. Y luego de estar con ellos te sientes cansado agotado
y deprimido.
También puede que sientas ira
y la sana sensación de alejar para siempre a esas entidades extrañas que hay en
tu vida.
El mérito de Hellinger, igual
que el de Freud, quien decía de sí mismo con enorme modestia de genio: no he descubierto nada que no sepa una niñera, es haber visto algo que estaba allí ante la propia mirada desde hacía muchísimo tiempo.
Para hacerte sensible a estas
emociones y saber cómo cambiarlas, inscríbete a nuestros cursos y formaciones.
Héctor D’Alessandro Sala 2281
78 07 00
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